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Mg. en literatura española e hispanoamericana

martes, 24 de marzo de 2020

"Je t’aime, Zizou" por Graciela Gliemmo



            Debutamos el mismo año, adorado Zizou. Vos, a los diecisiete, en el AS Cannes, frente al Nantes. Y yo aquí, en la Biblioteca Nacional. Era el fin de una década: 1989. Yo tenía veinticinco y por primera vez, además, andaba en amores con alguien. Una de esas tardes de invierno, no recuerdo bien el día, el jefe de la hemeroteca me pidió que lo acompañara hasta su oficina a buscar unas carpetas. ¿Es necesario que te cuente qué pasó? Me hubiera gustado mucho verte debutar en la Ligue 1 y debutar con vos en cualquier parte. Pero no. Francia no queda a la vuelta de la esquina.
            Zizou, amoroso Zizou, mi mago de medio campo. Fue mucho tiempo después que me enteré de tu existencia. Ya eras jugador de la Juventus de Turín cuando escuché tu nombre en medio de una conversación de esas que suelen tener los hombres en la sobremesa. Hablaron de muchos jugadores que al instante olvidé, pero hubo una palabra pronunciada en el alboroto de la charla que me sonó a paraíso exótico: Zidane. Y fue oír tu nombre y lanzarme a investigar en la hemeroteca para saber quién eras.    
            Cuando vi tu foto, me infarté. Tus labios. Esos ojazos penetrantes, seductores, burbujeantes, llenos de chispitas y relámpagos. El color de tu piel, señal sutil de tu ascendencia argelina. Tus gruesas cejas. Esa sonrisa franca, de muchacho travieso, desviada hacia el ángulo izquierdo, unos milímetros hacia arriba de la línea horizontal de tu boca. Y esas piernas habilidosas, buscando siempre el espacio libre por donde colarte y llegar al arco. Supe también que medías 1.86 y, claro, me impactó tu altura. Mi jefe era unos centímetros más alto que yo: no pasaba de 1.60.
            Verte me acaloraba, Zizou. Pensaba en vos mientras acomodaba las revistas o buscaba libros y los ponía como una autómata en el montacargas. Fantaseaba cómo serían tus besos, tus abrazos y tus caricias. Soñaba con conocer Marsella, en especial el barrio suburbano de donde te fuiste siendo un niño, persiguiendo el sueño de convertirte en jugador profesional. Te imaginaba cariñoso, efusivo, ardiente, divertido, potente y muy dulce, pero también con el temperamento fuerte, intempestivo, que sería una de tus características en el campo de juego.
            Te seguí paso a paso, Zizou. Tus partidos. Tus ciento cincuenta y un goles, que festejaba desencajada e irreconocible pensando que me los hacías a mí. Escuchaba y leía los comentarios de quienes hablaban de tus irregularidades, de tu inestabilidad, de tus reacciones imprevistas. Todo eso me gustaba, Zizou, porque eran signos evidentes de tu autonomía. Y en medio de tantas palabras, partido a partido, me cautivabas con tus pases mágicos, con tu manera serpenteante de llegar al arco, con tu modo de deslizar la pelota desde el pie a la rodilla, con esos movimientos dignos de un Premio Nobel. Y tus incomparables escupidas. (Me fascina ver cómo los jugadores escupen hacia un costado durante el partido y cómo se protegen los testículos cuando arman la barrera.) Eras un bailarín profesional en medio del más colorido escenario del mundo.
            Ay Zizou, Zinedine, Zizou. Y te casaste con otra, justamente con una bailarina. Y yo observándote en las fotos, siguiéndote por la televisión, resguardada en los secretos de un álbum de imágenes donde grabé con grandes letras tu nombre. ¿Quién iba a suponer que detrás de esta neutra bibliotecaria, coleccionista y conocedora de los catálogos de la literatura universal, de buenas revistas culturales, con faldas a la rodilla y anteojos para compensar la miopía, casi calva (como vos, Zizou, que sos tan hermoso) podía hallarse tu fan número uno, en la otra punta del mapa, en el cono sur?
            Je t’aime, Zizou. Entre las páginas de El sonido y la furia guardé, bien invisible, un recorte con la primera entrevista que te hicieron. Y en muchos otros libros seguí ocultando notas y artículos de los principales periodistas del mundo, que reconocían tu maestría sin igual. Unos ponderaban tu inteligencia y gentileza para pasar la pelota; otro decía que habías desempolvado tu viejo repertorio, que te mantenías siempre vertical en la cancha, avanzando contra viento y marea. Día tras día, mientras ordenaba los libros, hacía mi propia gambeteada: te alentaba a escondidas, volvía a mirar tus fotos y escuchaba las grabaciones de alguno de los partidos de la Copa Europa que te había tocado protagonizar. Después de ese famoso gol, justo en el minuto cuarenta y cinco, con el que hiciste que el Real Madrid quedara 2 a 1 contra Bayer Leverkusen, en el partido disputado en Glasgow, un comentarista bien castizo dejó escapar tras la emoción de tu jugada magistral: “¡Viva la madre que te parió, Zidane!”. Un grito que me pareció sublime y que escuché una mil y veces.
            Bueno, Zizou, en todos estos años yo hice algunas otras cosas más que idolatrarte. Me casé con quien fuera mi jefe, un cincuentón con el que compartí hasta hace poco la pasión por las bibliotecas y por el fútbol. Y tras la máscara de la rutina y las formalidades burocráticas viví —o intenté vivir— en espejo tu vida, vaciando de sentido personal cada acto, dejando de lado los pormenores y las sutilezas, dibujando sobre un papel de calcar episodios basados en un par de falsas similitudes y torpes versiones. ¿Cómo ajustar mi universo al tuyo, Zizou? ¿Cómo se traducen los actos masculinos al idioma de nosotras, las mujeres? ¿A qué equivale en nuestro mundo la pasión por el fútbol, los goles, el fervor y la transpiración de la tribuna, los desbordes de la hinchada, el fanatismo? ¿Se traduce en amor, Zizou, en entrega?
            En medio de las dudas y buscando un lenguaje común, jugando a la simetría de cada uno de tus avances y repliegues, logré algunos ecos, no creas que no. Por ejemplo, cuando le propuse a mi esposo que llamáramos “Enzo” a nuestro primer hijo. Hincha incondicional de River, se puso como loco de alegría y aplaudió semejante homenaje a Francescoli. Esa fue la traducción más literal de todas las que hice: mi hijo y tu hijo llevan el mismo nombre.
            Nunca me pregunté qué lugar irías ocupando en mi vida con el transcurso de los años ni qué malabarismos debería hacer para ajustar mis pasos a los tuyos, hasta que anunciaste tu retirada del fútbol. El 7 de mayo de 2006 jugaste, en el estadio Santiago Bernabéu, tu último partido en el Real Madrid contra el Villarreal CF, con el número 5, azul, sobre la camiseta blanca. ¿Cómo olvidar ese segundo gol, ese entrañable cabezazo, o el momento majestuoso en el que intercambiaste tu camiseta con Riquelme? ¿Y la ovación fervorosa del público, ese coro celestial? “¡Merci! ¡Merci! ¡Merci!” Pero nada fue comparable a la belleza de tu rostro cuando lloraste en el campo, antes de regresar para saludar una vez más a tus simpatizantes, frente a la grada.
            En la platea preferencial estaban todos, Zizou: ella, tus hijos, tus padres y tus hermanos. Tu hijo mayor, emocionado, lloró cuando saliste hacia el túnel y Lila se dio vuelta para acariciarlo. Yo estaba ahí, Zizou, mirando en la pantalla gigante cada detalle de tu despedida. Y yo también canté: “¡Merci, Zizou! ¡Merci! ¡Merci!” Y te amé Zizou, te amé junto con ellos, pero un poco más que ellos, más que todos ellos juntos. Y miré a mi hijo Enzo con sorpresa cuando gritó en lugar de “¡papá!”, como el tuyo, “¡No te mueras nunca, Zizou!”. Era lo que gritaban los latinos que estaban en la cancha. Y yo pensé cómo ibas a morirte, Zizou, si vos sos inmortal. Vos no podés morirte nunca.
            La realidad de la que todos hablan, la realidad que los otros viven, Zizou, no encajó nunca en mi cabeza. No. No. Todo lo contrario. Era justamente en mi cabeza, allí mismo, donde la verdadera historia se tejía. Zizou, Zinedine Yazid Zidane, maestro, el mejor jugador de todos los tiempos. El hombre más amado.
            Llegó por fin el Mundial de 2006. Esa fiesta conmovedora que sólo ocurre cada cuatro años. Tanta masculinidad junta, tanto cuerpo festejando los sentidos. Tanto prodigio de la naturaleza humana. Tu despedida de oro en Alemania. Nada podría empañar el cierre de tu carrera, porque estaba cantado que saldrían campeones y que serías vos quien mirarías a la tribuna y hacia las cámaras —y allí estaría yo devorándote en el living de mi casa— y levantarías victorioso la copa. ¡Retirarte de esa manera, a los treinta y cuatro años!
            Pero Materazzi se te acercaba, Zizou, se te pegaba, te decía cosas feas, Zizou, tal vez insultaba a tu madre, a tu esposa, a tu hermana. Esas cosas no se dicen. Cuando te tironeaba la camiseta —qué bruto— y parecía tocarte el pezón, quizá te provocaba con eso de que la de él era mejor que la de Riquelme, que te la regalaba si te animabas a hacer otro gol, no sé. Lo más probable es que nunca se sepa realmente lo que te dijo. O tal vez te fustigaba con que esa noche se metería en tu cuarto y entonces te haría sentir quién era el más macho de los dos, a ver quién la tenía más grande y quién se la metía a quién. Y sobrellevaste todos los insultos hasta que ya no soportaste más y ahí sí lo encaraste como se enfrentan los toros en el campo. Le diste una buena corneada en el pecho, Zizou. Seca, directa, inequívoca. Y luego vino la tarjeta roja. Y saliste de la cancha despacio, con la cabeza baja. Vaya a saber qué estabas pensando, Zizou. Saliste expulsado por Elizondo, justo un árbitro argentino, sin mirar siquiera la copa de oro. La copa que la selección francesa perdería por penales, Zizou, por ese penal que nunca pateaste. Tampoco regresaste a la cancha para recibir la medalla de subcampeón. Tu ausencia fue un agujero fatal, un vacío insoportable.
            Y los comentaristas, la gente, todos, no paraban de criticarte, Zizou. Habías empastado con ese arranque vengativo toda tu carrera, habías arruinado la despedida última. Qué decepción, decían todos, qué mal comportamiento, qué bien la sanción, indudable. Hasta mi marido te criticaba, era la voz del sentido común: no hay argumento que justifique semejante envalentonada, siempre fue un calentón. Vos te defendiste diciendo que la lógica debía ser otra: que fuera sancionado no sólo el que reacciona, sino también el que provoca. Porque él te provocó, Zizou, y cómo te provocó. Y tras eso el sondeo de opinión para ver si realmente merecías ser consagrado igual como el mejor jugador del mundo. Y yo voté por “sí”, Zizou. ¿Qué otra cosa podía votar?
            Yo te defendía, Zizou. Yo te apoyaba, y no por estar enceguecida. No. Era porque intuía que detrás de esa reacción inoportuna, desmedida, se escondía otra cosa; una señal iluminadora para el mundo, para mi vida. Nos estabas dando un mensaje, Zizou, eras una suerte de gurú del siglo XXI, y nadie te escuchaba, nadie podía interpretarte. Sólo yo. Si hasta tu familia te reprochaba que no te hubieras contenido.
            Inexplicable, Zizou, cómo uno puede cambiar con un último gesto el sentido de un largo recorrido. Ese gesto de decir basta cuando se necesita y se quiere decir basta, sin importarle a uno nada. Qué grandeza, Zizou, qué modo de vivir el instante, descolocado de la historia, desencantando a los más encantados. Ese impulso bestial e irrefrenable, Zizou. Cuántas veces en mi vida hubiera querido hacer lo mismo y bajé la cabeza y seguí adelante y reprimí mis ganas de mandar todo a la mierda. Vos también bajaste la cabeza, Zizou, pero para pegar la estocada final.
            Je t’aime, Zizou, mi charolais aguerrido, furioso en tu locura de no soportar ni una palabra más, ni un empujón más, ningún insulto más, nada de nada. Mejor la nada que la injuria. Mejor que se derrumbe todo, antes que aceptar la humillación. Mejor la dignidad que la derrota del triunfo recubierto de complacencia y de sometimiento. Zizou, mi gran Zizou. Grito ilegible de la libertad más extrema.
            Y al rato de tu golpe frío, en medio de las desaprobaciones que te abrumaban y mientras vos seguramente llorabas de rabia, y tu mujer te preguntaba por qué Zizou, por qué no te contuviste, si ya se había iniciado el segundo tiempo y estabas a minutos, cuarenta minutos, del cierre glorioso de tu carrera futbolística, de conseguir con un penal tuyo la copa, sentí que yo también tenía que producir un gesto incomprensible para los otros, más incomprensible incluso que el tuyo, porque tu vida era mi vida. Debía retirarme de la cancha con rudeza, haciendo valer mi persona, con la dignidad de los que abandonan el juego antes del pitazo final, porque sí, inexplicablemente.
            Entonces me enderecé orgullosa, saqué pecho, levanté el mentón y clavé mi mirada en los ojos de mi ex jefe, ese ocasional marido que, a esa altura de un partido que había durado varios años, ya me producía fastidio, aunque no me marcara de cerca como a vos Materazzi, aunque estaba en silencio, diminuto casi, inofensivo, ajeno a mi delirio, leyendo de pie y a las apuradas el suplemento deportivo donde seguían hablando de tu expulsión. Pronuncié fuerte su nombre y apellido para obligarlo a alzar la vista, y cuando me miró con cara de qué te pasa, ahora qué te pasa, le estampé con ganas y con fuerza, con mucha fuerza, un cabezazo seco, bien certero, célebre cabezazo en el medio del pecho. Y salí de mi casa, Zizou, derechito hacia la puerta, escuchando el clamor de mis propias multitudes, con la cabeza baja, sin mirar de costado la foto del día de mi boda.


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