Didáctica de la lengua y la literatura
Curso de carácter teórico-práctico que pretende desarrollar en los futuros profesores de educación básica, la capacidad de tomar decisiones didácticas fundamentadas en el análisis de contenidos y estrategias de enseñanza propios del ámbito de la Lengua Castellana.
martes, 18 de agosto de 2020
martes, 24 de marzo de 2020
Lúdicas para mejorar ortografía
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250 juegos para mejorar ortografía.
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Juego (tablero) para corregir faltas de
ortografía en los niños
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Juegos kinésicos para escribir mejor – I.E.R. San
Sebastián de Urabá
"Je t’aime, Zizou" por Graciela Gliemmo
Debutamos
el mismo año, adorado Zizou. Vos, a los diecisiete, en el AS Cannes, frente al
Nantes. Y yo aquí, en la Biblioteca
Nacional. Era el fin de una década: 1989. Yo tenía
veinticinco y por primera vez, además, andaba en amores con alguien. Una de
esas tardes de invierno, no recuerdo bien el día, el jefe de la hemeroteca me
pidió que lo acompañara hasta su oficina a buscar unas carpetas. ¿Es necesario
que te cuente qué pasó? Me hubiera gustado mucho verte debutar en la Ligue 1 y debutar con vos en
cualquier parte. Pero no. Francia no queda a la vuelta de la esquina.
Zizou, amoroso Zizou,
mi mago de medio campo. Fue mucho tiempo después que me enteré de tu
existencia. Ya eras jugador de la
Juventus de Turín cuando escuché tu nombre en medio de una
conversación de esas que suelen tener los hombres en la sobremesa. Hablaron de
muchos jugadores que al instante olvidé, pero hubo una palabra pronunciada en
el alboroto de la charla que me sonó a paraíso exótico: Zidane. Y fue oír tu
nombre y lanzarme a investigar en la hemeroteca para saber quién eras.
Cuando vi tu foto, me
infarté. Tus labios. Esos ojazos penetrantes, seductores, burbujeantes, llenos
de chispitas y relámpagos. El color de tu piel, señal sutil de tu ascendencia
argelina. Tus gruesas cejas. Esa sonrisa franca, de muchacho travieso, desviada
hacia el ángulo izquierdo, unos milímetros hacia arriba de la línea horizontal
de tu boca. Y esas piernas habilidosas, buscando siempre el espacio libre por
donde colarte y llegar al arco. Supe también que medías 1.86 y, claro, me
impactó tu altura. Mi jefe era unos centímetros más alto que yo: no pasaba de
1.60.
Verte me acaloraba,
Zizou. Pensaba en vos mientras acomodaba las revistas o buscaba libros y los
ponía como una autómata en el montacargas. Fantaseaba cómo serían tus besos,
tus abrazos y tus caricias. Soñaba con conocer Marsella, en especial el barrio
suburbano de donde te fuiste siendo un niño, persiguiendo el sueño de
convertirte en jugador profesional. Te imaginaba cariñoso, efusivo, ardiente,
divertido, potente y muy dulce, pero también con el temperamento fuerte,
intempestivo, que sería una de tus características en el campo de juego.
Te seguí paso a paso,
Zizou. Tus partidos. Tus ciento cincuenta y un goles, que festejaba desencajada
e irreconocible pensando que me los hacías a mí. Escuchaba y leía los
comentarios de quienes hablaban de tus irregularidades, de tu inestabilidad, de
tus reacciones imprevistas. Todo eso me gustaba, Zizou, porque eran signos
evidentes de tu autonomía. Y en medio de tantas palabras, partido a partido, me
cautivabas con tus pases mágicos, con tu manera serpenteante de llegar al arco,
con tu modo de deslizar la pelota desde el pie a la rodilla, con esos
movimientos dignos de un Premio Nobel. Y tus incomparables escupidas. (Me fascina
ver cómo los jugadores escupen hacia un costado durante el partido y cómo se
protegen los testículos cuando arman la barrera.) Eras un bailarín profesional
en medio del más colorido escenario del mundo.
Ay Zizou, Zinedine,
Zizou. Y te casaste con otra, justamente con una bailarina. Y yo observándote
en las fotos, siguiéndote por la televisión, resguardada en los secretos de un
álbum de imágenes donde grabé con grandes letras tu nombre. ¿Quién iba a
suponer que detrás de esta neutra bibliotecaria, coleccionista y conocedora de
los catálogos de la literatura universal, de buenas revistas culturales, con
faldas a la rodilla y anteojos para compensar la miopía, casi calva (como vos,
Zizou, que sos tan hermoso) podía hallarse tu fan número uno, en la otra punta
del mapa, en el cono sur?
Je t’aime, Zizou. Entre las páginas de El sonido y la furia guardé, bien invisible, un recorte con la
primera entrevista que te hicieron. Y en muchos otros libros seguí ocultando
notas y artículos de los principales periodistas del mundo, que reconocían tu
maestría sin igual. Unos ponderaban tu inteligencia y gentileza para pasar la
pelota; otro decía que habías desempolvado tu viejo repertorio, que te
mantenías siempre vertical en la cancha, avanzando contra viento y marea. Día
tras día, mientras ordenaba los libros, hacía mi propia gambeteada: te alentaba
a escondidas, volvía a mirar tus fotos y escuchaba las grabaciones de alguno de
los partidos de la Copa Europa
que te había tocado protagonizar. Después de ese famoso gol, justo en el minuto cuarenta y cinco, con el que hiciste que el
Real Madrid quedara 2 a
1 contra Bayer Leverkusen, en el partido disputado en
Glasgow,
un comentarista bien castizo dejó escapar tras la emoción de tu jugada
magistral: “¡Viva la madre que te parió, Zidane!”. Un grito que me pareció
sublime y que escuché una mil y veces.
Bueno, Zizou, en todos
estos años yo hice algunas otras cosas más que idolatrarte. Me casé con quien
fuera mi jefe, un cincuentón con el que compartí hasta hace poco la pasión por
las bibliotecas y por el fútbol. Y tras la máscara de la rutina y las
formalidades burocráticas viví —o intenté vivir— en espejo tu vida, vaciando de
sentido personal cada acto, dejando de lado los pormenores y las sutilezas,
dibujando sobre un papel de calcar episodios basados en un par de falsas
similitudes y torpes versiones. ¿Cómo ajustar mi universo al tuyo, Zizou? ¿Cómo
se traducen los actos masculinos al idioma de nosotras, las mujeres? ¿A qué
equivale en nuestro mundo la pasión por el fútbol, los goles, el fervor y la
transpiración de la tribuna, los desbordes de la hinchada, el fanatismo? ¿Se
traduce en amor, Zizou, en entrega?
En medio de las dudas
y buscando un lenguaje común, jugando a la simetría de cada uno de tus avances
y repliegues, logré algunos ecos, no creas que no. Por ejemplo, cuando le
propuse a mi esposo que llamáramos “Enzo” a nuestro primer hijo. Hincha
incondicional de River, se puso como loco de alegría y aplaudió semejante
homenaje a Francescoli. Esa fue la traducción más literal de todas las que
hice: mi hijo y tu hijo llevan el mismo nombre.
Nunca me pregunté qué
lugar irías ocupando en mi vida con el transcurso de los años ni qué
malabarismos debería hacer para ajustar mis pasos a los tuyos, hasta que
anunciaste tu retirada del fútbol. El 7 de mayo de 2006 jugaste, en el estadio
Santiago Bernabéu, tu último partido en el Real Madrid contra el Villarreal CF, con el número 5, azul, sobre la camiseta
blanca. ¿Cómo olvidar ese segundo gol, ese entrañable cabezazo, o el momento
majestuoso en el que intercambiaste tu camiseta con Riquelme? ¿Y la ovación
fervorosa del público, ese coro celestial? “¡Merci! ¡Merci! ¡Merci!” Pero nada fue comparable a la belleza de tu rostro cuando lloraste
en el campo, antes de regresar para saludar una vez más a tus simpatizantes,
frente a la grada.
En la platea
preferencial estaban todos, Zizou: ella, tus hijos, tus padres y tus hermanos.
Tu hijo mayor, emocionado, lloró cuando saliste hacia el túnel y Lila se dio
vuelta para acariciarlo. Yo estaba ahí, Zizou, mirando en la pantalla gigante
cada detalle de tu despedida. Y yo también canté: “¡Merci, Zizou! ¡Merci! ¡Merci!” Y te amé Zizou, te amé junto con ellos, pero un poco más que
ellos, más que todos ellos juntos. Y miré a mi hijo Enzo con sorpresa cuando
gritó en lugar de “¡papá!”, como el tuyo, “¡No te mueras nunca, Zizou!”. Era lo
que gritaban los latinos que estaban en la cancha. Y yo pensé cómo ibas a
morirte, Zizou, si vos sos inmortal. Vos no podés morirte nunca.
La realidad de la que
todos hablan, la realidad que los otros viven, Zizou, no encajó nunca en mi
cabeza. No. No. Todo lo contrario. Era justamente en mi cabeza, allí mismo,
donde la verdadera historia se tejía. Zizou, Zinedine Yazid Zidane, maestro, el
mejor jugador de todos los tiempos. El hombre más amado.
Llegó por fin el
Mundial de 2006. Esa fiesta conmovedora que sólo ocurre cada cuatro años. Tanta
masculinidad junta, tanto cuerpo festejando los sentidos. Tanto prodigio de la
naturaleza humana. Tu despedida de oro en Alemania. Nada podría empañar el
cierre de tu carrera, porque estaba cantado que saldrían campeones y que serías
vos quien mirarías a la tribuna y hacia las cámaras —y allí estaría yo
devorándote en el living de mi casa— y levantarías victorioso la copa.
¡Retirarte de esa manera, a los treinta y cuatro años!
Pero Materazzi se te
acercaba, Zizou, se te pegaba, te decía cosas feas, Zizou, tal vez insultaba a
tu madre, a tu esposa, a tu hermana. Esas cosas no se dicen. Cuando te
tironeaba la camiseta —qué bruto— y parecía tocarte el pezón, quizá te
provocaba con eso de que la de él era mejor que la de Riquelme, que te la regalaba
si te animabas a hacer otro gol, no sé. Lo más probable es que nunca se sepa
realmente lo que te dijo. O tal vez te fustigaba con que esa noche se metería
en tu cuarto y entonces te haría sentir quién era el más macho de los dos, a
ver quién la tenía más grande y quién se la metía a quién. Y sobrellevaste
todos los insultos hasta que ya no soportaste más y ahí sí lo encaraste como se
enfrentan los toros en el campo. Le diste una buena corneada en el pecho,
Zizou. Seca, directa, inequívoca. Y luego vino la tarjeta roja. Y saliste de la
cancha despacio, con la cabeza baja. Vaya a saber qué estabas pensando, Zizou.
Saliste expulsado por Elizondo, justo un árbitro argentino, sin mirar siquiera
la copa de oro. La copa que la selección francesa perdería por penales, Zizou,
por ese penal que nunca pateaste. Tampoco regresaste a la cancha para recibir
la medalla de subcampeón. Tu ausencia fue un agujero fatal, un vacío
insoportable.
Y los comentaristas,
la gente, todos, no paraban de criticarte, Zizou. Habías empastado con ese
arranque vengativo toda tu carrera, habías arruinado la despedida última. Qué
decepción, decían todos, qué mal comportamiento, qué bien la sanción,
indudable. Hasta mi marido te criticaba, era la voz del sentido común: no hay
argumento que justifique semejante envalentonada, siempre fue un calentón. Vos
te defendiste diciendo que la lógica debía ser otra: que fuera sancionado no
sólo el que reacciona, sino también el que provoca. Porque él te provocó,
Zizou, y cómo te provocó. Y tras eso el sondeo de opinión para ver si realmente
merecías ser consagrado igual como el mejor jugador del mundo. Y yo voté por
“sí”, Zizou. ¿Qué otra cosa podía votar?
Yo te defendía, Zizou.
Yo te apoyaba, y no por estar enceguecida. No. Era porque intuía que detrás de
esa reacción inoportuna, desmedida, se escondía otra cosa; una señal
iluminadora para el mundo, para mi vida. Nos estabas dando un mensaje, Zizou,
eras una suerte de gurú del siglo XXI, y nadie te escuchaba, nadie podía
interpretarte. Sólo yo. Si hasta tu familia te reprochaba que no te hubieras
contenido.
Inexplicable, Zizou,
cómo uno puede cambiar con un último gesto el sentido de un largo recorrido.
Ese gesto de decir basta cuando se necesita y se quiere decir basta, sin
importarle a uno nada. Qué grandeza, Zizou, qué modo de vivir el instante,
descolocado de la historia, desencantando a los más encantados. Ese impulso
bestial e irrefrenable, Zizou. Cuántas veces en mi vida hubiera querido hacer
lo mismo y bajé la cabeza y seguí adelante y reprimí mis ganas de mandar todo a
la mierda. Vos también bajaste la cabeza, Zizou, pero para pegar la estocada
final.
Je t’aime, Zizou, mi charolais aguerrido, furioso en tu locura de
no soportar ni una palabra más, ni un empujón más, ningún insulto más, nada de
nada. Mejor la nada que la injuria. Mejor que se derrumbe todo, antes que
aceptar la humillación. Mejor la dignidad que la derrota del triunfo recubierto
de complacencia y de sometimiento. Zizou, mi gran Zizou. Grito ilegible de la
libertad más extrema.
Y al rato de tu golpe
frío, en medio de las desaprobaciones que te abrumaban y mientras vos
seguramente llorabas de rabia, y tu mujer te preguntaba por qué Zizou, por qué
no te contuviste, si ya se había iniciado el segundo tiempo y estabas a
minutos, cuarenta minutos, del cierre glorioso de tu carrera futbolística, de
conseguir con un penal tuyo la copa, sentí que yo también tenía que producir un
gesto incomprensible para los otros, más incomprensible incluso que el tuyo,
porque tu vida era mi vida. Debía retirarme de la cancha con rudeza, haciendo
valer mi persona, con la dignidad de los que abandonan el juego antes del
pitazo final, porque sí, inexplicablemente.
Entonces me enderecé
orgullosa, saqué pecho, levanté el mentón y clavé mi mirada en los ojos de mi
ex jefe, ese ocasional marido que, a esa altura de un partido que había durado
varios años, ya me producía fastidio, aunque no me marcara de cerca como a vos
Materazzi, aunque estaba en silencio, diminuto casi, inofensivo, ajeno a mi
delirio, leyendo de pie y a las apuradas el suplemento deportivo donde seguían
hablando de tu expulsión. Pronuncié fuerte su nombre y apellido para obligarlo
a alzar la vista, y cuando me miró con cara de qué te pasa, ahora qué te pasa,
le estampé con ganas y con fuerza, con mucha fuerza, un cabezazo seco, bien
certero, célebre cabezazo en el medio del pecho. Y salí de mi casa, Zizou,
derechito hacia la puerta, escuchando el clamor de mis propias multitudes, con
la cabeza baja, sin mirar de costado la foto del día de mi boda.
El deporte en el mundo del periodismo, el teatro y la literatura
¿Es que acaso un deportista no puede ser cantante? Eléider disfrutaba de ambas profesiones. Por otro lado, Camus fue futbolista y Graciela Gliemmo, quien pertenece a uan familia del Boca Junior prefiere hablar de Zinedine Zidane. He aquí links de reportajes, novelas, poemas y guiones teatrales para trabajar en el aula ¡Usa estas noticias para enseñar a escribir!
o Boxeo
– Joël Dicker – La verdad sobre el caso Quebert
Ver reportaje en: https://www.lavanguardia.com/magazine/20130712/54376509633/joel-dicker-reportaje-magazine.html
o Boxeo
– Eléider, el campeón del mundo que
quería ser cantante vallenato.
o Fútbol
– Alberto Salcedo Ramos – El árbitro que expulsó a Pelé. La eterna Parranda
o Fútbol,
ciclismo, atletismo y más – Passolini, Camus y otros artistas – El fecundo abrazo entre el deporte y la
literatura.
o Fútbol
– El día en que murió el fútbol – Víctor Rosas
o Fútbol
11 Poemas sobre fútbol
o
Hincha de Fútbol – Graciela Gliemmo – Je t’aime, Zizou
Enfoques en la enseñanza de la escritura
Introducción
La escritura es una tecnología cuyo dominio requiere un entrenamiento especializado y costoso. La institución encargada de llevar a cabo ese entrenamiento ha sido, desde su origen, la escuela. En ella, los niños tienen la oportunidad de entrar en contacto con textos escritos y desarrollar las habilidades necesarias para comprenderlos y producirlos. A través de la enseñanza de la lectura y la escritura, la escuela ha ejercido, históricamente, una labor de disciplinamiento y fijación de normas y valores, a la vez que ha propiciado los modos de reflexión y elaboración de conocimiento que permiten el acceso a la ciencia y la teoría. Esos modos de producción del conocimiento están estrechamente vinculados al carácter diferido, distanciado y controlado de la comunicación escrita, que favorece la objetivación del discurso y su manipulación. Por eso, el entrenamiento en la elaboración de textos escritos de cierta complejidad, que demandan procesos de composición, ha sido, desde siempre, tarea de la escuela.
Ver más en: http://www.ceip.edu.uy/documentos/2015/aprender/2-material.pdf
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